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7/10/09

Casa nueva, vida nueva


Luego de esa cena, Smith nos trajo a casa… a su casa… nuestra casa… en fin, la casa esa que se veía en la foto que nos mandaron por mail un mes antes de venir, y que era nuestra única referencia sobre nuestra futura vida en Nueva Zelanda.
La casa es enorme, enorme. Tiene tres habitaciones, cocina comedor, living, lavadero, garaje, garaje aparte para 2 autos más, parque y dos baños, que en realidad es uno. Es así: hay un toilette (hablando mal y pronto, un baño con sólo inodoro y lavabo) y un baño (es decir, baño con bañadera con ducha, y otro lavabo). No es que me haya olvidado: acá no hay bidet. Lo más gracioso es que del toilette al baño hay varios metros. AH! El baño tiene alfombra en todo el piso.
Acá todos los ambientes tienen alfombra, exceptuando el toilette, el lavadero, la cocina y los garajes. Los garajes separados no los vimos, porque están con la puerta rotosa y es medio espeluznante. Quizás en algún día libre nos adentremos en ese misterioso lugar. Si desaparecemos, seguro nuestros cadáveres estarán allí.
La decoración no es de la más agradable, pero con el tiempo uno se acostumbra. Es entre setentona, grasa, ostentosa, y kitsch. Mucha madera, mucho plástico, mucha alfombra.
La calefacción es con caldera y radiadores, Es bastante calentito, pero por alguna extraña razón no hay radiadores en las habitaciones. Resultado: ambientes cálidos, pasillos agradables y habitaciones heladas.
La casa tiene dos entradas: una entrada muy elegante, con escalerita y flores, que queda a un costado y a varios metros de la calle, y que nadie usa (ni siquiera los Smiths cuando vienen); y otra principal, que es de vidrio y tiene un caminito directo desde la calle. Parece que es así en todas las casas. No entendemos bien como es el tema de la entrada accesoria pero elegante.




Cosas locas que no puedo dejar de mostrar: Cartel del toilet; sticker setentosa en una ventana; y para golpear la puerta, con imagen del Capitán Cook y la leyenda “El primer europeo en llegar a NZ” (o algo así).

6/10/09

Meet The Smiths

Llegamos a las 19:30hs a lo de Smith para cenar… que para ellos que cenan a las 17/18hs aprox. era como estar trasnochando. Estaba casi toda la familia: la esposa Kareen (se escribe así, porque son complicados para hablar y para escribir por lo visto), el hijo Ryan (que después de verlo escrito en una planilla sabemos que se llama así, porque para nosotros era un sonido parecido a “rshagn”) que tiene 18 años y trabaja en la granja con Smith, otro hijo cuyo nombre no entendimos, no recordamos ni podemos reproducir con un sonido, así que le diremos “sonido extraño”, que era un coloradito que nos miraba y se reía como el rubio de Beavis y Butthead, de 14 o 16 años. Faltaban los dos hijos de Kareen y Smith: Julia de 3 años (colorada) y “Sonido Extraño 2”, de 7 meses y seguramente cuando tenga pelo, coloradito. Los pibes que cenaron con nosotros son de un matrimonio anterior del Smith.
La cena consistió en pork y verduras asadas, las cuales fueron acarreadas a la boca de los kiwis sin mucho protocolo. Estaba rica, aunque con poca sal para nuestro gusto. Durante la cena no ingirieron líquido de ningún tipo, y cuando nos ofrecieron algo de beber (y aceptamos, ya que no habíamos tomado nada en casi 6hs), nos trajeron un mísero vaso de agua a cada uno. Tuvimos que racionarla durante toda la cena, ya que no sabíamos si pedir más sería un insulto o si en NZ el agua es un lujo*.

 

*Este punto se explicará en “Manual de uso del argentino”

Oye apaaa....

El lunes a la mañana, con nuestro equipaje sano y salvo (aparecieron las valijas y Aduana sólo revisó la que tenía la yerba) partimos hacia el Sur de la Isla Sur, más precisamente a Invercargill.
En 4 horas pasamos de Auckland, la gran ciudad, en un avión pequeño, a Christchurch, una ciudad más pequeña. Se notó que el aeropuerto era más pequeño, menos gente, gente más kiwi que internacional. Allí tomamos el último vuelo, ya sí a Invercargill. Este último avión era MUY pequeño, y teníamos que ir caminando por la pista para subir. Al llegar a Invercargill el aeropuerto era minúsculo, ya sin seguridad, ni varias puertas… por poco tenemos que ir a señalar nuestras valijas cuando las bajaban del avión, como en la Terminal de ómnibus de Mar del Plata.
Allí nos estaba esperando el patrón, el Sr. Smith. Es un tipo de unos 40 años, simpático, muy educado, pero que habla con acento kiwi, a mil por hora y como si tuviera una papa en la boca. ¡Aun hoy en día nos es complicado entender lo que dice!
La sensación de Juan fue que acá hablan como unos dibujitos de Hanna-Barbera, que eran osos montañeses, y decían “oye apaaa”… yo coincido totalmente con él.
En fin, Smith, luego de llevarnos a comprar comida a un supermercado (compra que se parecía a esa temporada de Gran Hermano en la cual compraban a contrarreloj porque les cerraban la puerta), nos invitó a cenar a su casa, previo depósito de nuestras valijas y compras en la casa que nos dieron.

3/10/09

Un mundo de sabores


El primer choque cultural, por llamarlo de alguna forma, fue con la comida. Como estábamos en un hostel, teníamos cocina equipada para cocinar nuestra propia comida. Fuimos al supermercado y compramos cosas sencillas para cocinar, ya que por dos días no ameritaba hacer una gran compra. Compramos kiwis a un precio increíblemente barato. Mientras recorríamos las góndolas armamos el menú y compramos los ingredientes: fideos con crema, sopa envasada, sándwiches de lomito y queso.
Primer comida: fideos con crema. Nos llamó poderosamente la atención que los fideos tardaron casi 30 minutos en estar al dente. Pero mayor fue la sorpresa al probar la crema. Era agria, espesa, con una textura extraña. Claro, el problema fue que no compramos crema, sino una especie de Casancrem. Eran incomibles, pero el hambre es más fuerte y nos terminamos nuestros platos a fuerza de sal y pan lactal.
Igualmente, todas las palmas se la llevó la sopa. Compramos lo que pensamos era una sopa de pollo con azafrán, que venía en un sachet muy elegante. Nos sorprendió descubrir que más que era sopa era arroz con azafrán y pollo. Es imposible de describir el sabor de esa cosa. Era algo agridulce, tenía pasas de uvas, castañas, cosas de cajú. Era el vómito de un pollo persa mezclado con azafrán y el relleno de un pan dulce. Juan hizo tripas corazón y comió su porción. Yo me fui a dormir sin cenar.
Por suerte, los sándwiches nos salvaron en las restantes comidas. 

Fin de semana de locura

Nos quedamos viernes, sábado y domingo en Auckland, en un hostel muy lindo. Marian nos compró los pasajes para ir a la isla sur por Internet con su tarjeta de crédito, porque a nosotros nos daba desconfianza comprar con las tarjetas de crédito que Papá nos había dado. El primer temor argentino inserviblemente aplicado en la sociedad kiwi*. A Marian le dimos el dinero de los pasajes en efectivo. En ese hostel conocimos a unos argentinos que estaban de paso para Asia, que nos dieron algunos consejos sobre la vida y cultura kiwi.
Recorrimos muy poco la ciudad, ya que los nervios, las horas de vuelo y el cambio horario nos tenían a mal traer. Caminamos por el centro, compramos la mínima ropa indispensable para que nuestro hedor no fuera tan fuerte, fuimos al museo y a un par de parques de la ciudad.
Nos sirvió para conocer y para darnos cuenta de que los kiwis hablan un inglés medio extraño, con acento, y que cambian todas las letras e de la pronunciación por la letra i.
Hay pocas fotos de este finde porque nos quedamos sin batería en la cámara, y el cargador es de dos patitas redondas y los enchufes de este país son de tres patitas planas.

*Un temor argentino aplicado en la sociedad kiwi es siempre inservible. Cuando digo esto quiero decir que venimos con ideas y miedos que aquí no son útiles, y que se traducen en preguntas y acciones que parecen ridículas en este contexto. En este caso, el temor a comprar por Internet y que te roben la cuenta de la tarjeta no sirve porque la seguridad de sus webs es diferente. Entonces, Marian no entendía porque teniendo tarjetas, le pedíamos a ella que comprara los pasajes, y le parecía una estupidez y una ida y vuelta de dinero innecesaria (y tenía toda la razón).

Bienvenidos a NZ (o a loco y en pelotas)


Lo complicado del viaje fue el arribo.
Primero, la señora de Inmigraciones nos hizo una batería de preguntas sin sentido aparente, sólo para deleitarse viendo como Juan y yo sudábamos pensando que responder para que no nos deporten sin siquiera haber visto por la ventana del aeropuerto. Al final la mina sólo nos estaba boludeando, y nos dio la bienvenida al país de los kiwis.
En la Aduana no tuvimos ningún problema, ya que Aerolíneas Argentinas perdió nuestro equipaje, por lo que los agentes de la aduana no lo revisaron. Nuestras semanas de preocupación por la cantidad de yerba, la limpieza de la suela de los calzados, la cantidad de pastillas anticonceptivas que había en las valijas y los cueros para hacer artesanías de Juan fueron de gusto.
Hicimos la denuncia del extravío frente a un asombrado señor kiwi que no podía creer que nos hubieran perdido 4 valijas en un vuelo sin escalas, el cual nos entregó un bolsito de lo que serían “primeros auxilios higiénicos”: shampoo, hisopos, cepillo de dientes, pasta dental y una remera de algodón
Luego de esta decepción, salimos al aeropuerto con la sensación de ser unos sucios indigentes en un país desconocido, y nos encontramos con otra sorpresa: Marian, la mujer de la Empresa Consultora que contrató a Juan, no estaba esperándonos. Tratamos de llamarla al celular con una tarjeta de teléfono que nos obsequiaron al cambiar dólares americanos por dólares kiwis, pero fue en vano. Así que éramos unos sucios, indigentes, en un país desconocido, solos y sin saber como usar el teléfono público. Era una imagen tragicómica, incluso para nosotros.
Por suerte, luego de llamar a medio NZ, logramos comunicarnos con la Empresa Consultora, que se comunicó con esta Marian, que nos fue a buscar al Aeropuerto.





Con ustedes, el kit. Nos cambiaron todas nuestras pertenencias por productos pequeños de primera marca y una remera de algodón de cuarta.

29/9/09

Bs. As. - Auckland

El vuelo Bs. As. – Auckland fue bueno, aunque lo demoraron 7hs (es decir, en vez de salir a las 2am salió a las 9am). Aerolíneas Argentinas nos recompensó con una noche de hotel en Capital, con todos los gastos incluidos. Llegamos tan tarde que no pudimos aprovechar la cena, y nos fuimos tan temprano que no pudimos desayunar. El único gasto, además de la habitación, fue el de una botella de agua. Una vez que despegamos el vuelo fue tranquilo. No dormí en las 13hs que duró el vuelo, por lo que me vi los tres peliculones: La guerra de las novias, Corazón de Tinta y DragonballZ. Recomiendo de corazón la ingesta de drogas legales para realizar este viaje… 13 horas despierto, viendo el sol siempre en el mismo lugar, es más nocivo que cualquier pastillita o gotita con efectos narcóticos. El menú era variado, pero como estábamos medio al fondo nos tocaron unos fideos secos, con una especie de salsa de crema y jamón. En realidad era un masacote, pero el hambre era tanto que fue consumido en minutos. Guido Süller NO estaba de azafato, así que lo más emocionante fue una pequeña turbulencia llegando a Auckland.

Bienvenidos

Bien… me ganaron por cansancio. Abrí un blog. Para los que recién llegan, les cuento rápido. Soy argentina, nacida en Mar del Plata, mi novio es de Chascomús, y hace dos meses nos mudamos a Nueva Zelanda. Él es Ingeniero Agrónomo y yo, diseñadora en Comunicación visual (hablando mal y pronto, es como diseñadora gráfica, pero diferente). Estamos al sur de la isla sur, y llegamos acá por un trabajo en un tambo que le ofreció una Empresa Consultora a mi novio, mediante Internet. El contrato incluía una casa y me ofrecía a mi un trabajo de relevo del otro empleado dos días a la semana, ordeñando, el cual acepté ya que era una forma de empezar a ganar dinero hasta conseguir otro trabajo más acorde a lo mío (es decir, sin contacto con animales, sin bosta y con la paz de una computadora y una conexión a Internet). Como al principio me aburría mucho, me puse a relatar nuestras aventuras, desventuras y cosas que nos llamaban la atención. Como soy diseñadora, no podía mandar un Word con mis palabras… menos aún un Power Point… así que le di formato de libro. El primer tomo fue un éxito: nuestros familiares y amigos lo leyeron y se rieron mucho, y se enteraron de nuestra nueva realidad. Pero la gente es insaciable, y exigieron un tomo dos. Hice el tomo dos… y exigieron el tomo tres. Digo exigieron porque me han mandado mails, me han escrito en mi muro de facebook y han preguntado recurrentemente en conversaciones telefónicas y de MSN. Pero hubo dos factores que me llevaron a empezar este blog. El primero y principal fue que la “distribución” de los tomos se escapó de mis manos: familiares y amigos se lo reenviaron a otros familiares y amigos, en algunos casos ni siquiera familiares y amigos nuestros, que quizás se lo reenviaron a otros familiares y amigos…. Y así hasta el infinito. Nuestras vivencias ya eran demasiado públicas, por lo que decidí llevarlo al extremo de la vista del ojo público: escribir un blog. El segundo factor fue que alguien le sugirió a mi madre publicar estas vivencias en un diario local. Debo admitir que fue (y sigue siendo) tentador, pero había algo que no podía asegurar: la periodicidad. Y tampoco quería estar presionada a escribir esto… son cosas que me pasan y me gusta relatar y a otros leer, así que creo que si se pierde esa espontaneidad y el placer de escribir se perdería la esencia. El blog me permite escribir cuando quiera, sin necesidad de juntar muchas vivencias. Para los que recibieron los primeros tomos (directa o indirectamente): van a encontrar que las primeras publicaciones son las que allí estaban, quizás solo corregidas o levemente modificadas. Es para que tenga una coherencia cronológica lo que cuento, y si hago referencia a algún hecho anterior, lo puedan encontrar más rápido. A su vez, omitiré nombres, o se cambiarán otros, por respeto a todos los protagonistas que no eligieron ser parte de la historia. Por último, la cantidad de imágenes va a ser menor, y meramente ilustrativas. Listo… disfruten de la desgracia ajena.